El viento se levanta sobre Santa Cruz. Una saga en el Marruecos del siglo XVI

En un país desgarrado por las rivalidades, las ambiciones y la presencia extranjera, emergen hombres decididos a rehacer el destino del reino. En torno a Mohammed Echeykh y al auge saadí, la novela despliega un fresco de guerra, poder, fe y lealtades frágiles. En ella exploro las zonas grises de la historia marroquí, allí donde se cruzan la grandeza, el miedo, el cálculo y el coraje. Una novela histórica marroquí amplia y vibrante, dedicada a uno de los períodos más decisivos del Marruecos del siglo XVI.

Un fresco novelesco en el corazón del Marruecos atlántico

En esta segunda entrega, continúo explorando el Marruecos del siglo XVI, un período decisivo pero todavía poco presente en la novela histórica francófona. El lector descubre un país fragmentado, amenazado en sus costas y atravesado por conflictos, pero también impulsado por grandes figuras, complejos cálculos políticos, lealtades tribales, visiones opuestas del poder y destinos individuales atrapados en las sacudidas de la historia.

Sra. Mouna Hachim:

Desde las primeras páginas, todo nace de una herida íntima. El asesinato inicial no es solo político: es una traición familiar y, sobre todo, el nacimiento de una culpa que ya nunca desaparecerá del todo. A partir de ahí, la memoria se convierte casi en una investigación interior. La novela no sigue solamente la evolución de un país, sino la formación de un hombre y, con él, el surgimiento de un poder religioso que se vuelve político, del hogar y lo sagrado hacia la palabra pública y luego hacia la propia Historia: Akka, Tidsi, Fez, Marrakech, la presencia portuguesa, las élites urbanas, una yihad que se convierte en estrategia, una fe que también se vuelve un instrumento de acción…

El libro nunca critica la tradición; más bien muestra el momento preciso en que esta deja de ser suficiente para actuar por sí sola sobre la realidad material. Hay un momento que me parece decisivo: la caída del padre. Entonces el narrador separa la autoridad humana de la verdad divina. Es el nacimiento de un pensamiento personal, y sin esa ruptura nunca habría podido actuar. La novela plantea así una idea muy poderosa: la autoridad no siempre es justa. De ese descubrimiento nacerán la rebelión, el compromiso, pero también la tragedia. Se percibe constantemente que el padre pertenece a un mundo todavía regido por la legitimidad sagrada, mientras que el hijo debe actuar en un universo donde la fe sola ya no basta frente a los poderes militares y políticos.

A través de ello aparece también un tema más amplio: el encuentro de dos lógicas históricas. Por un lado, un universo fundado en el honor, la valentía y la santidad; por otro, un mundo organizado por la técnica, la economía y el largo plazo. Ni uno ni otro son ridiculizados ni glorificados. La Historia simplemente cambia de escala, y los hombres deben aprender a vivir en esa nueva dimensión.

Las figuras humanas dan al libro su profundidad. Rabia introduce un equilibrio frágil, la posibilidad de amar, de proteger, de construir a pesar de la presión del destino. Con Hassan Al-Wazzan aparece la duda: la santidad puede vivirse sinceramente, pero también puede ser fabricada por la creencia colectiva. Se comprende que los hombres a veces necesitan milagros incluso cuando no existen. La conciencia del narrador se abre entonces, casi a pesar suyo.

Sahaba me pareció central en esta evolución. Allí donde los hombres piensan en términos de enfrentamiento directo, ella actúa mediante la observación y la transformación silenciosa. Tiene éxito allí donde la valentía fracasa, y la novela va invirtiendo poco a poco sus valores: la paciencia se convierte en una forma de coraje, la duración en algo más decisivo que la victoria inmediata.

Ezzahra, por su parte, introduce otra dimensión. No es ni motor de la acción ni estratega del poder, sino la medida silenciosa de sus consecuencias. A través de ella, la historia deja de ser abstracta: lo que las decisiones construyen por un lado, lo desgastan por el otro. Ella recuerda que el destino político no se paga solo con derrotas o victorias, sino con vidas desplazadas, vínculos imposibles y pérdidas irreversibles.

El título cobra entonces todo su sentido. El viento que se levanta sobre Santa Cruz no es la guerra, sino la circulación de los saberes, el fin de los mundos cerrados, la entrada en una historia mundial. Ya no se trata solo de un conflicto local, sino de una transformación de civilización.

Lo que me ha interesado particularmente es la manera en que la dimensión íntima acompaña constantemente a la historia. A medida que el poder crece, se carga de una deuda moral. Las victorias no elevan a los personajes: los vuelven más pesados. El poder aparece menos como una realización que como una responsabilidad de la que nadie sale indemne. La violencia acaba por volverse casi abstracta, mientras que sus consecuencias humanas —silencio, soledad, ruptura entre generaciones— se vuelven centrales. Se tiene la sensación de que gobernar consiste cada vez menos en conquistar y cada vez más en limitar aquello que la fuerza ha desencadenado.

Es imposible no hablar del estilo. Me impresionó la contención de la escritura, que permanece límpida, sin énfasis, lo que hace que los acontecimientos resulten más creíbles que espectaculares. Esta sobriedad corresponde muy bien al proyecto: deja que la reflexión nazca en el lector en lugar de imponérsela, y mantiene una distancia que impide toda glorificación fácil. Se siguen los hechos, pero sobre todo se nos lleva a medir progresivamente su alcance.

En el fondo, tuve la impresión de asistir al nacimiento de una conciencia política moderna en un mundo todavía medieval. El final no se parece a una victoria, sino a una comprensión: sobrevivir ya no depende solo de la fuerza, ni siquiera de la fe, sino de la capacidad de transformar la manera de pensar. La verdadera derrota quizá no sea perder un reino, sino volverse extranjero a uno mismo. Sin duda eso es lo que da a la novela su profundidad particular: no solo asistimos a episodios del pasado, sino que comprendemos cómo llegan a ser posibles. La Historia no es un decorado, es materia viva, y el libro logra hacer perceptible ese momento frágil en el que las trayectorias individuales y las fuerzas del tiempo se encuentran.

Taroudant y el azúcar — Una ciudad comercial

La industria azucarera en el Marruecos saadí

Entrevista con Gérard Giuliato, profesor de la Universidad de Lorena, sobre la historia del cultivo de la caña de azúcar en Marruecos entre los siglos IX y XVII. Resumen de un artículo publicado en el diario electrónico Yabiladi.

Los orígenes y el auge: Cultivada al principio a pequeña escala en los oasis del Anti-Atlas, la caña de azúcar se convirtió en una industria de Estado bajo los saadíes a partir de 1540. Tras expulsar a los portugueses de Agadir, los jerifes saadíes desarrollaron grandes explotaciones estatales para exportar masivamente azúcar a Europa, donde era muy apreciado

Una proeza técnica: Las azucareras marroquíes se distinguían por la amplitud de sus infraestructuras hidráulicas —séguias, acueductos y estanques—, que podían alcanzar los 2.400 metros de longitud, construidas en tapial por mano de obra local. A diferencia de América, esta industria no recurrió a la esclavitud africana.

Un motor de poder político: Los ingresos del azúcar permitieron a los saadíes financiar su ejército, modernizar el Estado, construir grandes palacios y resistir las presiones portuguesas, españolas y otomanas, al tiempo que extendían su influencia hasta Tombuctú

El declive: La muerte de Ahmad al-Mansur, seguida de guerras civiles y epidemias, desestabilizó el sistema. Los campesinos dejaron de realizar las corveas y saquearon las instalaciones. A partir de 1620, la competencia del azúcar antillano y brasileño, más barato, puso fin definitivamente a esta industria.

Un patrimonio amenazado: Hoy en día, estos sitios están mal protegidos, erosionados por la urbanización y la agricultura intensiva, a pesar de su carácter único en el mundo.

Acqueduc sur Oued Ouaaer.Crédit Yabladi

Logement de mla Roue Hydraulique et canal de fuite; Crédit Yabladi